¡A ver si a la tercera iba la vencida! De lo contrario, aquel negocio en ciernes se podía ir al traste antes de empezar. La gente se cansa de esperar, había que darles una ejecución ya. En las dos ocasiones anteriores, un aplazamiento de última hora había dejado al circo sin payaso. Quizás habría que comprar alguna que otra señorial voluntad judicial.
Pero no había que adelantar acontecimientos, de momento. Lo importante era concentrarse en esa noche. Miró por la ventana del despacho de dirección: el pueblo estaba irreconocible, lo que de ordinario eran tranquilas calles pateadas por algún paleto parecía en ese momento el mismísimo centro de Nueva York. Allí estaba la prensa con sus intrépidas reporteras y sus unidades móviles, manifestantes a favor, manifestantes en contra y forasteros curiosos, muchos. Eran un muy bienvenido chaparrón de dinero para aquel modesto pueblo. No obstante, tenía la sensación de que había menos gente que las otras dos veces. Estaba claro, hacía falta que aquella noche la cosa, por fin, saliera como era debido.
Volvió a la sala de espera de testigos VIP, la reservada para los representantes estatales, los familiares de la víctima, los simpáticos muchachos de la prensa y los observadores de otros estados con ejecuciones en el horizonte y sin mucha idea de cómo hacerlas. La familia del condenado estaba en una sala aparte. Todo estaba calculado.
-¿Todo bien, señoras?
-Sí, sí, muchas gracias...
Las esposas de los tres oficiales de policía a los que aquel tipo había matado a balazos no habían probado bocado.
El simpático sureño, en cambio, se estaba poniendo las botas, como en las otras dos anteriores ocasiones.
-¡Demonios, amigo, aunque no haya ejecución, el viaje merece la pena sólo por estos bocadillos de salmón!
Sonrió, negocios son negocios.
Entonces, se abrió la puerta. Era Pete. ¿Venía a comunicar -otra vez- que el aplazamiento había llegado? No, tenía el gesto entre alegre y tenso, como un niño antes de debutar en la liga escolar de baloncesto.
-Señoras, señores, quedan 10 minutos para la hora fijada. Acompáñenme, por favor.
Empezaba el espectáculo, y esa vez parecía que de verdad.
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