El hombre de la corbata pasó su mano lentamente por la camilla y, de repente, la retiró, como si le hubiera dado calambre.
-¿Qué le parece, señor director?
-Bien...¿Y dice que todo funciona a través de una máquina?
-Exacto, todo automático, sólo hay que pulsar un botón. La ha diseñado un ingeniero con la asesoría de un tipo que conoce bien el equipo que han instalado en Texas.
-¿El que usaron con el negro ese?...¿Cómo se llamaba?
-Charles Brooks. Ese mismo. No dio problemas, todo limpio. Y el nuestro es todavía mejor.
-Ya. ¿Y el personal?
-Tampoco tienen que preocuparse de eso. Usted tráiganos al condenado y nosotros nos encargamos de todo: vigilancia, visitas, prensa, asistencia espiritual, recepción de testigos, certificado de defunción...Aunque, por supuesto, también puede usted traer a su gente, si así lo prefiere.
El hombre de la corbata, a la sazón director del Departamento de Prisiones Estatal, se acarició la canosa barba. La nueva legislación estatal le había creado un problema, y todo parecía indicar que aquel amable hombre de negocios tenía la solución. Parecía un tipo de fiar, avalado por referencias inmejorables y aquella cámara de ejecución resultaba todo lo atractiva que un lugar de tal naturaleza puede ser. Por último, pero no menos importante, las tan buenas referencias que le habían dado indicaban que caería una comisión, una elegante y jugosa comisión, de ésas que despistan hasta a los fiscales anti-corrupción con el más fino de los olfatos.
-Muy bien, recomendaré que mi estado use sus servicios. Vivamente.
-Muchas gracias, señor director. No le decepcionaré.
Seguro que no lo haría.
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