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domingo, 21 de agosto de 2011

El Enemigo.

Esas cosas siempre se llevan con la máxima y milimétricametne organizada discreción, y, sin embargo, algo falló aquella vez. Todo el mundo se quedó de piedra en aquella sala, menos las dos personas que más motivos tenían para sentirse violentos. Esos se lo tomaron con la máxima naturalidad. Son los dones que concede la experiencia.

-¿También usted aquí, general?

-Ya ve, general.

-Y supongo que para lo mismo que yo.

-Eso me temo.

-Dicen que son muy buenos, los mejores del mundo.

-Por eso hemos viajado usted y yo hasta acá, pero me parece que nuestros cuerpos ya están muy viejos y muy cascados...

-¿Se rinde, general? ¡Jamás lo habría esperado de usted!

-¿Rendirme? ¡Nunca! Si no lo hice ante usted hace 20 años, menos lo haré ahora.

-¡Pues me hubiese ahorrado usted muchos problemas si se hubiera rendido aquel día!

-¡Ja, ja, ja, ya lo supongo!

-No, si usted no pudo conmigo, tampoco esto lo hará.

-Lo mismo digo.

-Bueno, me toca pasar.

-Suerte, general.

-También para usted, que nos va a hacer falta.

-Sabe una cosa, general.

-Dígame.

-Creo que usted y yo somos unos militares de mierda.

-¿Por qué dice eso?

-Porque lo primero que tiene que averiguar un guerrero es quién es su enemigo. Y ése no era ni yo ni usted. Era esta cosa que se nos va a llevar a los dos la vida.

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