Intuyo que los vigilantes de sala de los museos, para matar el inmenso tedio que debe ser ver gente dando vueltas, han desarrollado su propio humor:
-Central para sala 10.
-Adelante 10.
-Hay un perturbado en la sala.
-¿Cómo? ¿Está golpeando a las esculturas?
-No, lleva más de media hora contemplándolas.
En efecto, ¿quién no ha sentido la tan desagradable sensación de estar ante una obra de arte de fama mundial y no saber qué lechugas está viendo? Sensación que siempre remata una pareja de pedantes que se te pone al lado (porque los pedantes de museo siempre van en parejas, y uno de ellos con el catálogo de la exposición de en la mano): "¡La influencia de Velázquez es clarísima!"
¿Velázquez? ¡Cómo no sea la estación de Metro!
Es, en suma, duro visitar un museo cuando no se entiende de arte, ya que se tiene la sensación de que te estás perdiendo gran parte de lo bueno, de que no le estás sacando todo el jugo al importe de la entrada (objetivo primordial cuando se pasa por taquilla). Es sentirse un poco como un eunuco en un bar de carretera.
Pero, por otra parte, conviene recordar que el artista bueno de verdad crea un arte sencillo de entender, universal:
-¿Y éste? ¡Joder, macho, menuda mierda de cuadro! Mancha por aquí, pegote de pintura por allá...¡Es que hasta me da dolor de cabeza verlo! Es como tener a mi suegra toda la tarde en casa, sin parar de hablar...¿Cómo se llama esta porquería?
-"Tarde de verano con mi parlanchina suegra en casa".
¿Me sigue?
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