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martes, 26 de abril de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (2).

Helen Trull había salvado su cuello por los pelos, preciosos todos, por cierto, según se apreciaba en las fotos de su juicio que encontré en periódicos microfilmados de principios de los 60. Trull era coqueta, incluso en aquellas circunstancias. De hecho, parecía disfrutar de toda esa publicidad.

Trull, pizpireta estudiante de farmacia en la Universidad de Kansas, había puesto en la práctica sus conocimientos para liquidar a una rival amorosa. Ella había confiado en que sería capaz de hacerlo parecer un desgraciado accidente, pero Trull era una simple estudiante, y tampoco la más brillante de su promoción. Por tanto, la policía no había tenido muchas dificultades para darse cuenta de que aquello había sido un envenamiento, atar cabos y llegar a Trull.

Trull confesó de inmediato. "Desde pequeñita, Helen nunca negaba sus travesuras cuando la pillaban, y aceptaba el castigo con resignación", declaró al Topeka Herald la señora Caplen, su señorita en la escuela primaria.

Pero, claro estaba, aquello había sido más que una travesura. Era un asesinato premeditado, y en Kansas eso se pagaba con la misma moneda.

Todo el mundo dio por hecho que Kansas no tendría el estómago para ahorcar a una jovencita de veinte y pocos años, y no se equivocaron, aunque la condena se dictó y Trull se pasó un par de años en el corredor de la muerte antes de que el Gobernador John Anderson le conmutara la pena por cadena perpetua.

Pena que había cumplido. Para mi disgustó, Helen Trull había muerto entre rejas unos meses antes. Causas naturales.

No obstante, decidí hacer una visita a la cárcel donde había pasado los últimos cuarenta años de su vida. Otro de mis afortunados "por si acasos". Conveniente engrasada con amabilidad y un par de cervezas, el director de la prisión me aclaró que nadie se había preocupado por los restos de Trull, y que la habían dado sepultura en el cementerio de la prisión. No obstante, el entierro había sido relativamente lujoso, ya que Trull había dejado el dinero que había ahorrado trabajando en la cárcel para garantizarlo. Coqueta hasta el final.

-¿Qué hicieron con sus efectos personales?-dejé caer, intentando que no se me notara mucho la ansiedad.

-Se repartió todo entre sus amigas de la prisión. Excepto una carpeta.

Mi corazón dio ese bote tan agradable al que ya me había convertido en adicto, y comenzó a galopar.

-¿Una carpeta?

-Si, fue su última voluntad, curiosa ultima voluntad, de hecha. La carpeta se la dejó a un abogado de su confianza. Tiene que custodiarla hasta que alguien "vaya a buscarla". Le tienen que dar una palabra clave o algo así para que la entregue. Si pasan 10 años y nadie va a por ella, la orden es destruirla.

-¿Una palabra clave?

-Si, ya ve qué locura.

Sin duda.

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