Helen Trull, una mujer. De antemano, me pareció que la investigación sería relativemente sencilla, ya que en mi país - en todos, de hecho- las mujeres que iban al patíbulo eran una minoría.
Pero mi gozo se ahogó en el pozo de la frustración: nadie con ese nombre o ese apellido había sido ahorcado en el Reino Unido o Irlanda en todo el siglo XX. De hecho, ni tan siquiera había alguien que hubiera sido condenado a la última pena.
Presa de la ansiosa desesperación a la que mi amigo Woodchat parecía siempre arrastrarme, me lancé al inmenso mar de investigar el nombre en sí. En efecto, existían -y habían existido- un buen puñado de mujeres con ese nombre, pero, ¿por cuál empezar? ¿Cómo? ¿Dónde? La única pregunta que tenía una respuesta clara era: "¿Por qué?"
Porque me moría de ganas por conocer más aventuras de Woodchat Shrike.
Entonces, cuando la ansiedad ya me robaba más sueño del razonable y permisible, la suerte, la casualidad vino -quizás no de modo casual- en mi ayuda.
Mi jefe me mandó a Estados Unidos. Compromiso ineludible, más en aquellos momentos en que estaba eludiendo demasiados compromisos profesionales o, mejor dicho, aplazando Y, después de todo, comer y pagar las facturas siempre es lo primero.
El caso es que me vi en Estados Unidos, y con algo de tiempo libre que me dejaba el trabajo.
Y no lo pude evitar, me puse a buscar a la tal Helen Trull en los archivos y registros de aquellas tierras. Por si acaso, por pura compulsión. Quizás debería hablar de un profesional de todo aquello.
Pero el caso es que aquel "por si acaso" resultó clave.
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