Parece que fue ayer cuando hacíamos al mundo girar, casi literalmente. Cuando particulares y empresas estaban pendientes de nuestros caprichos, cuando nos apreciaban y exprimían hasta el última voltio (¡pero si hasta nos limaban los polos!), cuando los padres de familia salían de expedición urbana en plena noche para buscar un sitio abierto donde comprarnos.
Supimos evolucionar con los tiempos para mantener nuestra supremacía: alcalinas, de litio, recargables...Aunque cierto es que algunas fueron muriendo poco a poco (como los integrantes de la entrañable familia Petaca o aquellas tan gorditas de los juguetes).
Hasta que un aciago día alguien inventó las baterías esas que se enganchan al ordenador. Fue el fin. Ni el Conejito de Duracell fue capaz de permanecer impasible ante la brutal embestida.
Sí, nos volvimos incómodas, superfluas e incluso un engorro contaminante y peligroso. Tan sólo algunas de nosotras a duras penas resisten atrincheradas en los mandos a distancia y los ratones inalámbricos.
Me estoy empezando a sulfatar, lo percibo. Y también sé que nadie vendrá a reemplazarme en este cascado aparato. Han comprado otro nuevo, más moderno y, por supuesto, con la dichosa batería.
Ahora sólo me queda esperar que me tiren como está mandado y rezar para poder volver a la vida...Yo soy así. Algunos de ustedes creen en la reencarnación.
Las pilas creemos en el reciclaje.
No hay comentarios:
Publicar un comentario