Odiamos a los fotógrafos de estudio con alma de genio del octavo arte. Esos de la cámara tipo estrella del porno; esos del potente foquito, el paraguas blanco y el fondo azul; esos que se empeñan en colocarme la cabeza y darle absurdos puntos de referencia a mi miope mirada; esos que no paran de decirme que no sonría tanto, luego que sonría, luego que no, luego que sí -pero sin apretar los ojos-, luego que me relaje...¿cómo quiere que lo haga si no para de darme órdenes?
Lo dicho, que como queremos la foto para que se nos reconozca, no para que se nos admire, de cabeza al fotomatón, ese amigo mecánico que se limita a retratarnos sin juzgarnos.

El resultado de una de mis últimas experiencias con un fotógrafo. ¿Comprende ahora a lo que me refiero?
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