Sé que hay muchos que no lo comprenden, que me miran sorprendidos cuando paso de largo con desdén por la metálica puerta e inicio feroz la conquista del quinto piso. Ha habido, de hecho, hasta alumnos que, alarmados, me han interrogado sobre el particular.
Les habría dicho que subir por las escaleras es un ejercicio del más puro Romanticismo. Es tomar partido por el débil frente a la dictadura del poderoso. Que es negarse a ser conducido y apostar por llegar a los sitios por el propio pie.
O que también es una manera de evitar conversaciones absurdas, de tener que esperar hasta que el del quinto saque toda la compra y de no sudar la gota fría cada vez que el cacharro hace un ruido acrujillado y exótico.
Pero, para no complicar ni mi ni su existencia, me limito a decirles que me gusta hacer ejercicio.

Así pues, ¡sea rebelde por un día y coja las escaleras!
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