Víctimas de las condenadas prisas, herederos de una sociedad ansiosa que venera la precocidad como a un auténtico dios (Campeón de Y con sólo X años). Es por esto que hay que presentarse a los exámenes de las borracheras y los besos lo antes posible, aunque aún no se tenga aprobada la niñez.
Y esto es lo que hay: seres mixtos, en cuyo interior habitan un niño que quiere reír y jugar, y un adulto que ansía placeres prohibido y peligrosos. Ambas criaturas, en lucha constante por satisfacer sus necesidades y caprichos, y controlando a un pobre adolescente confundido en su seguridad y asustado en su arrogancia.
Quizás las cosas cambiarían si los chavales tuvieran el tiempo suficiente para rematar su niñez y poder iniciar la larga travesía de la adolescencia sin asignaturas vitales pendientes. Ahora, no es así.
El peligro es que jamás se apruebe esa niñez perdida, y su bien conocida consecuencia son esos oficinistas que se fotocopian el culo para ponerlo en el corcho del despacho.
¡Que Dios nos coja bien confesados!
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