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domingo, 26 de abril de 2009

Cuentos de Hadas que Terminan Regular: El Rey que Culpable se Sentía.

El Rey don Jaime era un monarca muy guerrero. Luchaba por su religión, por su país, por su honor, por su familia...Y, con tanto guerrear, pasaba más tiempo en lejanas tierras que al abrigo de su castillo.

De pequeña, la Princesita Blanca echaba mucho de menos a su papá. Por mucho que su mamá le explicara que las largas ausencias eran necesarias para garantizar el bienestar de todo el reino y de ellas mismas, las Princesita se pasaba horas y horas aplastando sus lágrimas contra sus almohadones de seda y lino.

El único que consuelo que tenía la pobre niña eran los regalos que su padre siempre le traía al regreso de la batalla: piedras preciosas, lujosos tejidos, e incluso un hada madrina de verdad que habían capturado en el asedio de Damasco.

Con los años, la Princesita Blanca cada vez se fue acostumbrando más a las ausencias de su padre, hasta que llegó un momento en que su principal preocupación no era si su papá volvería o no de la batalla, sino qué presentes tendría para ella.

Y entonces acaeció que la Princesita leyó en un libro que el diamante más bello del mundo se encontraba custodiado en una fortaleza de Constantinopla. Se encaprichó de la piedra y exigió a su padre que se encaminara con todo su ejército a tan remota ciudad para traérsela.

El Rey asumió de inmediato el reto, como el que acata una orden. (De hecho, el bufón de la corte se preguntó en voz alta quién mandaba realmente en aquel país, lo que le costó la cabeza).

La campaña fue larga, y la niña cada vez estaba más impaciente. Hasta que un día, los vigías anunciaron el retorno de las tropas reales. Ya no eran los miles de orgullosos caballeros que se pusieron en camino, sino un puñado de esqueletos andrajosos que se arrastraban por la llanura.

Al llegar a la puerta del castillo, donde le esperaban su familia y su pueblo, el Rey se adelantó. El más patético de sus patéticas huestes, se hincó de rodillas, presentó el diamante ante su hija, y cayó muerto. La Reina lo abrazó como a un bebé y rompió a llorar.

La Princesita Blanca contempló el brillante y puso un gesto de cierto decepción. "No es para tanto", dijo.

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